memento mori

Por mi post anterior en el blog, ya pueden imaginarse mi interés por la ética del periodo republicano de Roma. Este va tambien de lo mismo.

Hablando con unos amigos de una persona que ha llegado hace poco a su cargo de gran responsabilidad en una empresa muy importante en su sector de ámbito nacional, uno de ellos comentó: «fulanito ha comenzado a levitar demasiado pronto». Curiosa forma de definir la acción de una persona.

Desgraciadamente algunas personas cuando ocupan un puesto de poder o de responsabilidad -la ya comentada potestas-, comienzan a hacer tonterías que ninguna persona en su sano juicio habría realizado. Me recuerda a una viñeta cómica de Brasil, donde un Fernando Henrique Cardoso -ex-presidente de Brasil-, en pleno auge de su mandato, desde el palco y contemplando una manifestación, le pregunta a su vice: ¿Quien es aquel que grita tanto allá al fondo de la manifestación? Es usted hace diez años, le responde su vice.. Por haber mencionado un ejemplo de una viñeta cómica de un político, no debemos pensar que esto es un problema de los políticos: muy al contrario, afecta a las personas independientemente del estrato cultural y del poder alcanzado, y tiene más que ver con el hecho de haber adquirido la potestas sin el periodo de «combate en las trincheras» necesario para adquirir auctoritas. Dale un pito a un tonto, dice el dicho castellano, y tendrás un tirano.

Algunas personas, desgraciadamente -para ellos y para las empresas para las que trabajan- una vez que alcanzado un cargo ejecutivo, comienzan a distanciarse de la realidad; su percepción de esta comienza a alterarse, y comienza a creerse el centro del universo y que sus opiniones, por tener un cargo ejecutivo, son correctas per se. Y los humanos de a pie que lo escuchan ven su disociación de la realidad; pero nadie quiere gritar que el rey está desnudo. Esto es la levitación, que desgraciadamente es una enfermedad que afecta a algunas personas con poder real. Todos hemos tenido al inicio de nuestra carrera profesional algún jefe tipo «Jefe de Dilbert». Años más tarde, cuando ascendemos en la empresa y conocemos a antiguos colaboradores de sudodicho iluminado, descubrimos que muchas veces este jefe fue una persona inteligente, aguda y competente en algún momento pasado; y su visión comenzó a disociarse de la realidad en algún momento después de adquirir la potestas. Otras veces nos confirman que ya venía imbécil de fábrica, y que lo único que ha pasado es que ha tardado en descubrir su vocación: tengo particularmente en la cabeza ahora a un middle-management de la banca, reconvertido a otro sector, y que vive levitando, mientras que salta de la empresa grande en la que trabajaba y que ha sumergido en el caos a otra pequeña, sumerge en el caos a la pequeña, y retorna a la grande para seguir esparciendo caos. En base a mi experiencia, no es el primero ni el último al que la potestas le sienta muy mal.

También encontramos empresarios, de gran experiencia profesional y valía, muy competentes, que ante una situación de crisis comienzan a creerse su propia propaganda. Y van cantando, victoria tras victoria, hasta la derrota final. Han olvidado que la realidad es terca, y se suele imponer a su propia propaganda.

Algunos pueden pensar que esto es una derivación del principio de Peter, o del más moderno -y más depresivo- «principio Dilbert». Sin embargo, si vamos un poco más al pasado, veremos que estos dos principios están completamente descaminados: el despegue de la realidad por parte de algunas personas que tienen poder efectivo es tan antiguo como el mundo.

Volvamos a Roma. Porque ya ellos sabían de este problema, y tenían una curiosa forma de plantear una solución. En la época de la república romana, existía una ceremonia, denominada Triunfo, con unas características muy interesantes. Antes de que degenerara durante el Imperio en una ceremonia de exaltación del Imperator, el Triunfo era un evento culturalmente muy interesante para el tema que nos toca. Vamos a hablar de este tema, con el enfoque que supone algo que se hacía hace dos milenios.

En la época republicana, era potestad exclusiva del senado el otorgar el triunfo a una legión; y se notaba en todos sus detalles: el triunfo era una ceremonia en la que se enaltecía el trabajo por la república realizada por una unidad militar, siempre según el principio de la virtus romana. Las condiciones para celebrar un triunfo eran muy estrictas: la primera, que el dux -comandante de las tropas- debía haber adquirido la potestas de consul o praetor; estas son dos potestas que necesitan toda una vida de ejercicio de las virtudes romanas para ser obtenidas. Además, el dux y las legiones aclamadas debían haber ganado una victoria sobre extranjeros: no valía una victoria sobre legiones romanas en una guerra civil, algo que no era visto por los propios romanos como una victoria. Los romanos nunca vieron una victoria de sus legiones sobre los propios romanos como una victoria; sino como una derrota, ganara quien ganara.

La victoria debía haber sido rotunda: al menos, debía haber exterminado a 5000 soldados enemigos. 5000 soldados enemigos, para la época, eran muchos soldados enemigos; sobre todo si tenemos en cuenta que no contaban, por supuesto, víctimas de pillaje ni civiles. Masacrar poblaciones civiles no daba derecho al triunfo. Vencer a una fuerza militar superior sí. Por si fuera poco, solamente se podía celebrar el triunfo si la mayor parte de las tropas propias volvían. Una victoria pírrica, o una batalla sangrienta no daba triunfo. Recordemos que las legiones en la época republicana aún no estaban profesionalizadas, por lo que la muerte de una legión era un daño para muchos sectores de la ciudad. Es curioso, pero si un romano de la época republicana viese uno de nuestros proyectos tipo «marcha de la muerte» los consideraría un fracaso, aunque se terminase el proyecto correctamente: comenzar con veinte programadores, y terminar con seis, de los cuales la mitad no comenzaron contigo, y contabilizando conque dentro del equipo ha habido un divorcio, tres rupturas con novios o novias, dos ex trabajadores con depresión, varios con terrores nocturnos, uno con eccemas cutáneos por estres, tres úlceras de estómago -una sangrante- y todos los programadores completamente quemados, no puede ser considerados por nadie como un triunfo. Ni siquiera por el jefe de equipo que se gana un bonus y es ascendido por su habilidad con el látigo y el mobbing. Los romanos, al menos, no lo considerarían meritorio del triunfo.

El triunfo incluía en la cabecera los símbolos republicanos, incluyendo las ágilas de las legiones homenajeadas -las ágilas eran esos bastones con un águila en la punta, donde ponía S.P.Q.R., que son las siglas de Senatus Populusque Romanus, el senado del pueblo de Roma-. Estos signos simbolizaban que la legión no había ido a guerrear a beneficio del dux, sino en nombre del senado. ¿Cuantos proyectos y cuantas decisiones se toman a beneficio de un cargo intermedio en una empresa, en lugar de por el bien del conjunto? Como representación del senado, la pérdida de un águila conllevaba la ejecución de parte de los soldados. Pero esto es otra historia, de la que ya hablaremos.

Detrás del águila iban todos los recursos que, como parte del tratado de rendición, los rendidos habían «cedido». Oro, gemas, y otros productos preciosos, que pasaban a pertenecer al pueblo de Roma. Frente a lo que dice la mitología popular, ni el dux ni la legión se beneficiaba del pillaje de las ciudades conquistadas; los legionarios cobraban su paga todos los meses, y al final un interesante paquete de jubilación. Esto permitía evitar que las tropas se diesen al pillaje en lugar de ser disciplinadas cuando no debían serlo. No somos conscientes de la cantidad de batallas que se han perdido porque los soldados se han dedicado al pillaje con las poblaciones civiles, en lugar de a la lucha contra los ejércitos enemigos.

Inmediatamente detrás iban encadenados los prisioneros de guerra y los esclavos. Los romanos tenían la costumbre de que si tomaban una ciudad por rendición o con poca violencia, respetaban a las poblaciones autóctonas. Si la resistencia era especialmente fiera, los más valientes de los enemigos capturados eran prisioneros de guerra, que serían ejecutados. Los supervivientes eran vendidos como esclavos.

Después iban porteadores con grandes pendones con los momentos más críticos de la batalla bordados.

Finalmente, las legiones homenajeadas y el dux.

Muchos pensamos que en este evento encontraríamos una exaltación del dux, y apenas una representación mínima de las tropas, y las tropas apenas para cubrir hueco. De hecho, así era en la época imperial, y en la época moderna: en la actualidad cuando una empresa tiene un éxito, las felicitaciones orales y monetarias suelen ir para los «dux», no para las legiones. Y las medallas se las cuelgan los «dux». Pero no era así en la república. En el triunfo de la república, era una fiesta del pueblo de Roma a todos y cada uno de los heroicos legionarios. Todos los legionarios participaban de la celebración.

¿Y el Dux?

El dux no desfilaba en su caballo, lo que hubiese sido razonable -y más heroico-, sino una biga -un carro ligero como los empleados por las unidades de arqueros egipcias, de dos caballos-. Esto no era honroso, ni glorioso.

¿Por qué?

La razón de emplear una biga para llevar al dux es que no podía ir solo en un triunfo jamás. Siempre debía llevar un esclavo en el carro. El esclavo -lo más bajo de la sociedad romana- debía sujetar una corona de laurel encima de la cabeza del dux, que no podía tocar la cabeza del dux, y debía estar repitiendo constantemente en los oidos del dux la frase «Memento mori». Literalmente: Recuerda que vas a morirte.

Lo del esclavo era un punto más importante y simbólico de lo que puede parecer. La sociedad romana tenía una serie de puntos muy negativos: era muy esclavista, y muy clasista. Lo más bajo de la sociedad era un esclavo. Lo más alto en aquel momento era el dux, además en pleno triunfo. Y era un esclavo, el más bajo de la sociedad, el que repetía insistentemente al dux en lo que probablemente sería lo más alto y memorable de su carrera política que iba a morir. El laurel era el símbolo del triunfo; pero nunca podía tocar la cabeza del dux. Al dux durante el triunfo no se le reconocía el privilegio de portar la corona de laurel; sólamente podía tenerla de forma temporal sobre la cabeza, sin tocarla; y además sujeta por un esclavo, hasta llegar al templo de Jupiter Optimum Máximum, donde se le ofrecía el triunfo a la triada capitolina, como símbolo de que el triunfo realmente le correspondía a los valores romanos, simbolizados por la triada capitolina. El culto a la triada capitolina se confundía con los valores romanos hasta el punto que «impietas» era indistintamente no respetar a los dioses de la triada capitolina, desobedecer al senado o traicionar a los valores de la propia Roma.

Dejando a un lado que ya sabemos de donde viene la costumbre de entregarle el triunfo de la liga de fútbol a una virgen, hay una serie de enseñanzas muy interesantes que podemos extraer. Dejando a un lado la vena salvaje que teníamos hace dos mil años -incluyendo guerras y esclavitud-, hay una serie de valores que debemos aprender del mundo romano; porque independientemente de sus errores, son aplicables al mundo moderno.

La primera enseñanza que podemos extraer de la ceremonia del triunfo es como entendían los romanos el triunfo: el triunfo de una empresa es algo que debe agradecérsele no sólamente al que «manda»; es un esfuerzo de todo el conjunto de la empresa, obtenido gracias a muchos sacrificios de todos sus pertenecientes. El triunfo no es propiedad del directivo, sino es algo de todos y que se ofrece a la empresa y a la sociedad. Para llegar el triunfo, han participado gran cantidad de personas como piezas de un engranaje. Lo que ha marcado el triunfo ha sido el equipo, no el individuo.

La segunda enseñanza es la importancia que tenía el individuo en el mundo romano: el triunfo se podía celebrar solamente si las tropas volvían. Una de las «modas» en «management» es pensar en el equipo técnico ya no como recursos, sino además como recursos fungibles. Quemarlos hasta que se vallan, y confiar en que habrá sustitutos en el mercado. Es cierto que los técnicos son sustituibles, tal y como repite incesantemente una parte del «management» que ha cosificado a sus empleados. Pero ojo: el equipo directivo también es reemplazable. Nadie es imprescindible, aunque el costo de la sustitución por la pérdida de Know-how y por el desgaste de la moral de la plantilla hace que no sea una estrategia inteligente quemar, desgastar y echar a la gente valiosa.

Por último, la enseñanza más importante hasta en el momento más álgido de su carrera, el directivo siempre tiene que recordar «memento mori». Recuerda que vas a morirte. Ser consciente que quien es el verdadero artífice del triunfo, a quien pertenece este, y que aún en la posición más alta dentro de la cadena de mandos uno es mortal. Esto es imprescindible para no convertirse mañana en el jefe de Dilbert, o simplemente en otro que de un momento a otro comenzará a levitar.

¿Un consejo no solicitado? Evita sufrir la levitación. Evita que se convierta en tu enfermedad laboral. Mucha gente con muchísima potestas no padece levitación, por lo que es posible evitarla: basta con tener la responsabilidad para escuchar a tu equipo, y la humildad para aprender de ellos, especialmente cuando alguno de nuestros empleados nos recuerda que el rey está desnudo. No debemos jamás reprender al que te dice la verdad en lugar de lo que queremos oír. Por el contrario, debemos apreciarlo. Él es el único que tiene el valor, el coraje y la integridad profesional de recordarnos al oído: «memento mori». Este empleado será nuestro ancla a la realidad.

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Las reglas del juego del software libre – Introducción

Aquellos que me conocen saben que soy aficionado a un juego de origen chino, llamado Weiqi (围棋); y del que hay mucha afición en Asia. No voy a hablar de este juego ahora, aunque sí haré una entrada futura sobre él.

Ser un jugador de Weiqi en Málaga es muy complicado, especialmente porque hay muy pocos jugadores, a la mayor parte de ellos les he enseñado yo, y esto hace complicado encontrar gente nueva para jugar. Por ello, aprovecho todo jugador potencial para echarle unas partidas.

Hace unos años, de visita en casa de una amiga japonesa que vive en Málaga, le propuse echar una partida. En Japón, llaman go (囲碁) a este juego. También era popular en Japón, donde tubo mucha aceptación en al época feudal, y entre los militares por su profundidad estratégica. Desgraciadamente, en Japón hoy en día es un juego que practican ancianos, y gente muy culta; y mi amiga sabía jugar apenas al 将棋 -shogi-, un juego que culturalmente es como nuestras damas: juego familiar, que juegan los niños con las madres…

Mi amiga, -y ahora adversaria-, me preguntó si sabía jugar. Yo recordaba las reglas de haberlas leído hace tiempo, pero no había jugado nunca una partida real contra nadie. Le pregunté los distintos movimientos de las piezas, y ella me refrescó la memoria respecto a dichos movimientos.

La estructura de la partida parecía similar a la del ajedrez -distintas fichas con distintos movimientos, y un rey que capturar-, por lo que confié en la transferibilidad de mis conocimientos en ajedrez. Es cierto que no soy bueno en ajedrez -es un juego que no me ha llamado la atención nunca-, pero si he jugado algo y conocía algunos trucos.

Comenzamos. Pronto noté que me estaba haciendo con el juego. Parecía que valían las mismas tretas: le hice a mi adversaria un doble ataque por descubierta, y poco después una clavada. Noté como mi contendiente o se estaba comenzando a sentir incómoda o se le estaban durmiendo las piernas en seiza (正座). Esto es muy poco probable, teniendo en cuenta que es una buena japonesa tradicional.

En este punto, comencé a envalentornarme. Ya tenía seguridad que mis habilidades eran completamente transferibles. Comencé a planificar tácticas de ataque.

La partida seguía su curso, y vi como mi adversaria hizo algunas jugadas que me parecieron no tener sentido. Finalmente, hizo un cambio de calidades realmente estúpido, cambiandome un 飛車 -hisha, que se comporta como una torre de ajedrez-, por un 香車 -kyosha, que solamente se puede mover hacia delante-. Noté que ponía una sonrisa de oreja a oreja -algo extraño en un japonés, que no son precisamente expresivos-; pero yo seguí a mi ritmo. Ella tenía pocas piezas, y mal situadas.

Ella movió su 角行 -kakugyo, que se mueve como un alfil-, amenazando a mi 王将 -osho, el rey-. 王手!, dijo mi adversaria -puede ser traducido como «jaque». Vale, estaba pensado. Está lejos. Puedo protejer el osho. Muevo el 金将, interponiendolo entre el 角行 y mi 王将. Sonrío. Pero ella sonríe más. Coge el 香車 que me había capturado, lo pone en el tablero y dice «王手詰み!»: literalmente, «jaque mate». Ha ganado.

En estos momentos se te pone cara de tonto. Y, aunque me tengo por jugador deportivo -cualquiera que me ha visto recibir paliza tras paliza en los torneos nacionales de weiqi puede atestiguarlo-, lo de tomar una ficha y ponerla en el tablero era demasiado fuerte como para no poner cara de estar viendo extraterrestres.

Los europeos somos mucho más transparentes en nuestras expresiones faciales que los japoneses, por lo que ella se percató con facilidad de mi estado mental. Entonces me explicó que aquello de poner fichas en el tablero era una jugada legal.

En esos momentos resumí mentalmente la situación: había luchado desde el principio con posibilidades de ganar, mi posicionamiento táctico era bueno, y mi mayor experiencia con este tipo de juegos me había permitido controlar la partida. Además, me faltaban pocas jugadas para ganar. Y era inevitable haber ganado…

…si las reglas del juego hubiesen sido las que yo creía. El error había sido enteramente mio: recordaba vagamente las reglas, pero no las conocía bien. Particularmente, no conocía la de volver a poner en el tablero las fichas capturadas. No tenía experiencia real en partidas
al shogi, por lo que había confiado plenamente en la transferibilidad de mis conocimientos de ajedrez. Debía haber repasado todas las reglas con mi invitada, en lugar de dar por supuesto que sabía jugar por haber leído algo sobre el juego hace tiempo, y apenas conferir que recordaba los movimientos de las distintas piezas.

La conversación posterior con ella me permitió descubrir lo que había pasado, y la diferencia con lo que yo estaba creyendo que pasaba.

Al comenzar la partida, mi invitada, ya adversaria mía, se encontró con la desagradable sorpresa que hacía cosas no predecibles para un 外人 -gaijín, un no japonés-. No es que los japoneses sean racistas; sino que son plenamente conscientes que son raros -�?��?��?��?�る, creo que es el término que emplearían los propios japoneses-, y que nuestras costumbres son muy distintas; por lo que aceptan y perdonan nuestra (mala) educación y nuestro aparente escaso やる気. De hecho, le sorprendió que un gaijín jugase a mi nivel al shogi.

A lo largo de la partida, mi adversaria se vio en varias situaciones complicadas. Pero lo que más le incomodaba es que, jugando al nivel que yo jugaba, no remataba la faena poniendo piezas entre las capturadas cuando podía ya haber terminado la partida ganando; por el contrario, veía como yo coleccionaba las piezas. En determinados juegos -como el weiqi o el propio shogi-, eso es una muestra de recochineo. Sin embargo, conociendome y viendo como iba el percal, sumó: gaijín, no ha jugado nunca, recuerda las reglas de haberlas leído hace tiempo… ya conocía mi vulnerabilidad: me autoimponía algunas limitaciones importantes que suponían un handicap demasiado grande por el hecho de no conocer adecuadamente las reglas del juego y haber supuesto una transferibilidad total de mis conocimientos de ajedrez.

Aquí ella desarrolló su táctica: muy consciente de lo que hacía, acorraló al osho de una forma que nadie que conociese el juego aceptaría -pero que yo, desconocedor de una regla clave, encontraba inofensiva-, hizo un cambio de calidades que nadie en su sano juicio, conociendo las reglas, haría. Y ganó.

Vale, ¿Y que tiene que ver esto con el título del post?

Todo.

El software libre y el software privativo, para el que no sepa las reglas de estos juegos, son dos juegos muy similares. Los dos se basan, aparentemente, en sentarse delante de un ordenador y escribir miles de líneas de código; y luego ganar dinero de este código.

En principio, el software privativo gana dinero de la venta de las licencias del código, del soporte de uso, de desarrollo a medida, de personalización, y de consultoría sobre el código generado. Cada empresa de software privativo ha desarrollado un modelo de negocio basado en uno o varios de estos elementos.

Ahora que el software libre se está poniendo de moda, muchas personas piensan que el software libre es como el software privativo, con la única diferencia que no se gana dinero con la venta de licencias de uso, pero que se gana dinero con todo lo demás. Y presuponen que toda la habilidad buscando las personas adecuadas -recursos humanos-, programando, coordinando equipos y dirigiendo empresas es transferible del software privativo sin adaptaciones. Y esto es un error muy grande.

El software libre nos permite tomar cualquier pieza de código que ya sea software libre, por grande que sea el código, e incorporarla a nuestro código. E incorporar cualquier trozo de código bueno disponible en el «corpus» de software ya liberado. Esto significa que si dos programadores igual de buenos comienzan a desarrollar un proyecto desde cero, uno hace un desarrollo de software privativo y otro hace un desarrollo de software libre, ¿quien tendrá el código mejor, de más calidad y antes?

Respuesta: el de software libre. Simplemente, porque el software libre puede tomar muchos módulos de otros proyectos desarrollados por terceros, e incorporarlos. No necesita programar desde cero el mejor algoritmo que haga la tarea «X»; sino que lo toma de otro proyecto, y lo incorpora a su proyecto. Esto le permite ganar mucho tiempo por no necesitar reinventar la rueda: termina antes, y tiene más tiempo para aumentar la calidad final. Y hay millones de líneas de software libre, muchas de gran calidad, esperando para ser reaprovechadas. En el mundo científico ya sabían esto; como decía Newton: «Si he llegado a ver más lejos que otros, es porque me subí a hombros de gigantes»

Si vieramos el «hacer el programa» como «andar por un camino» veríamos como el software libre se «teletrasporta» hacia adelante cada vez que aprovecha código de otros proyectos. Es injusto tomar atajos en una carrera, y más teletransportarse. Pero es que ahí está el problema: las reglas de juego no son la mismas. Del mismo modo que en mi partida yo pensaba en las reglas del ajedrez, y mi adversaria pensaba en las reglas del shogi, aquí el software privativo piensa con sus reglas, y el software libre, piensa con las suyas.

En el software privativo está explícitamente prohibido emplear código de otros. No es legal. El único código que podemos reaprovechar es el ya desarrollado por la propia compañía. Las empresas de software deben hiperespecializarse si son pequeñas, o ser tremendamente grandes, si quieren ser competitivas. Es imprescindible la mano de obra barata: surgen las software factories en las regiones subdesarrolladas en las que la hora de programador tienen costes ridículos, aprovechando la desesperación de los programadores ante la tesitura de que no hay industria local fuerte que pague buenos salarios. Este es un escenario lose-lose para las pequeñas empresas y los trabajadores donde solamente ganan los directivos y accionistas de las multinacionales del software y de las software-factories, versiones modernas informatizadas de los telares del siglo XIX.

El problema es que hay una regla del juego que no pueden emplear: tomar código libre. Este es el lastre del software privativo, y lo que lo hace ineficiente. En el software privativo, hay que reinventar constantemente la rueda. El software libre puede «poner fichas ya capturadas». Lo que en ajedrez es trampa, en Shogi es legal. Lo que en software privativo es ilegal, en software libre no lo es.

Salvo que por presiones legales, de monopolios o de patentes irracionales el software privativo consiga abortar la partida, el software libre la va a ganar. Es una innovación disruptiva que permite acelerar los procesos de desarrollo y mejorar la calidad. Esta nueva regla de reaprovechado ilimitado de código de otros proyectos externos hace no transferibles muchas de las habilidades propias del software privativo, y fuerza a cambiar muchas estrategias y actitudes.

A lo largo de una serie de posts vamos a ver como será necesario cambiar estrategias y actitudes para poder sobrevivir en un nuevo mercado en el que algunos pueden reciclar miles de líneas de código y ahorrar ingentes cantidades de tiempo de desarrollo. La próxima entrada sobre este tema, búsqueda y selección de personal en empresas de software libre. No se la pierdan.

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々歩

¿Sabes lo que significan términos como やる気 o 頑張る? Pues el gran Pietro Zuco me ha fastidiado una entrada al blog estupenda en la que estaba trabajando, en la que precísamente hablaba de la importancia de estos dos términos tanto para un trabajador en la empresa como para cualquier emprendedor.

Y esto se debe a que Pietro ha comenzado a escribir un blog: haciendo el camino. Y nadie mejor que Pietro para hablar de Japón, de términos japoneses y de cultura japonesa.

Para el que no lo conozca, Pietro es una persona muy especial, y todo un personaje: un italiano que habla perfectamente español y que tiene una personalidad y una cultura del trabajo completamente japonesas. La forma de Pietro de enfrentarse a los retos, de asumir compromisos y de responsabilizarse personalmente de lo que hace, sólamente la tiene un japonés. Por ello, cuando en esta entrada Pietro habla de やる気 o de 頑張る, yo no tengo nada más que hacer que borrar el borrador de mi entrada, y referenciar a la fuente: nadie mejor que Pietro para hablar de estos temas: él ha vivido en Japón, ha trabajado en Japón, y cuando trabajas con él te das cuenta que es el modelo de trabajador que tiene mucho やる気; al que todos nos gustaría tener en el equipo, y el tipo de persona que todo empresario debería perseguir.

ピッコ�?�ん, ブロッグ�?� 頑張る�?日本�?�頑張る�?

Becas en la Universidad de Málaga

Estoy ofertando varias becas para trabajar en uno de mis proyectos.

Las becas son de 1000 euros brutos al mes, y el requisito básico para su disfrute es estar matriculado en la Universidad de Málaga.

Los criterios de selección son, por este orden:

  • Experiencia en proyectos de software libre.
  • Experiencia en el software libre.
  • Conocimientos en estándares y protocolos libres.
  • Conocimientos en estándares y protocolos genéricos.

Es decir, un desarrollador de software libre tendrá prioridad siempre con alguien que apenas tenga experiencia trabajando con software libre, y así con todos los criterios restantes.

Curriculums, a mi dirección de correo (y un buen primer ejercicio es localizarla; no voy a ponerla en el blog pero cualquier persona debería ya saber como encontrarla ;-) )

Actualización 22/9/2006: El Domingo 24/9/2006 cierro el plazo de elección, y el Lunes 25/9/2006 a las 18:00 tenemos la primera reunión de trabajo.

Actualización 24/9/2006: Ya he encontrado las personas que necesitaba. Felicidades a los escogidos.

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